Mucho más que símbolos

YPF FOTO ANTIGUA CUNA DE LA NOTICIA

Una de las críticas más comunes que recibe el kirchnerismo se relaciona con el uso y abuso del relato en lugar de llevar adelante sus transformaciones. Si se piensa un poco en esto, lo que molesta realmente a los medios opositores no es tanto el uso del relato K sino el hecho de que sea su propio relato el que esté perdiendo influencia. Y también, que las transformaciones sean reales. Si en 2008, con el estallido de la rebelión de los estancieros, un par de titulares convocaban un cacerolazo en las principales plazas del país, ahora, ni sus aliados de antaño les prestan atención. En efecto, han quedado solos en su oposición emperrada y destructiva. A tal punto, que CFK sigue gobernando y, sobre todo, destronando lugares comunes sostenidos durante décadas, a pesar del daño que provocaban a la vida social, económica y política del país. La intervención de YPF y el proyecto de expropiación presentado en el Congreso han recibido el apoyo de casi todas las fuerzas políticas del país. Quienes se manifestaron en contra de la medida no han logrado convencer a la opinión pública sobre sus motivos, porque encierran más intereses sectoriales que objetivos que beneficien al bien común. Muchos de ellos, más que crítica política pretenden hacer futurología, aunque sepan que ese estilo ha sido condenado al fracaso en anteriores oportunidades. Pero no encuentran otra manera de ser tenidos en cuenta, al menos, por un reducidísimo público. Esos individuos que se resisten a transformarse en ciudadanos y sólo pueden pensar la política desde los beneficios personales, la desvalorización de los representantes y funcionarios, la corrupción y el aislamiento histórico.

La recuperación de YPF se inscribe en una serie de medidas que se pueden considerar de compromiso creciente. Desde la construcción insólita de una soberanía económica al refinanciar la deuda con organismos internacionales hasta las más profundas medidas de inclusión se han dado pasos para consolidar un modelo de país con un sentido de largo plazo que desde hacía mucho tiempo que no se veía. La Asignación Universal por Hijo y la extensión de los derechos jubilatorios, la recuperación de los fondos administrados –expoliados- por las AFJP, la creación de nuevos puestos de trabajo y la extensión de derechos a través de la obra pública son medidas cuyo efecto en el crecimiento económico resultan incuestionables. Y la emotividad simbólica que se recupera, que reformula viejos símbolos, que vuelve a hilar a una sociedad atomizada por el individualismo extremo del economicismo de los noventa. Y también la reconstrucción de un subcontinente que estaba sometido a los dictámenes de un modelo destructivo. Todo esto conmueve. Y empuja. Un colectivo abandonado –pisoteado- vuelve a marchar.

Y eso desespera a los que pierden poder, a los que no se quieren adaptar a los nuevos tiempos, a los que no se arrepienten de nada, a los que colaboraron con la destrucción y se beneficiaron con ella, a los que la impulsaron. Alegría y rencor están en pugna. Arturo Jauretche lo decía con mucha claridad: las mayorías no odian, odian las minorías porque la conquista de derechos produce alegría mientras que la pérdida de privilegios provoca rencor. Los rencorosos no saben qué hacer para lograr lo que quieren; y lo que quieren, logra demostrar lo que son. Quieren que el país vuelva a estar sometido –y destruido- a su ambición desmedida.

Con lo de YPF –y con todo lo demás- quieren volver al pasado y es por eso que sólo emiten gruñidos y mordiscos para dañar lo más posible, para postergar un poco más la derrota definitiva de los angurrientos, de los que gozan con la destrucción ajena. Si antes de las elecciones presidenciales de octubre conseguían aliados-voceros en cualquier opositor que emitiese críticas despiadadas al Gobierno Nacional, ahora sólo tienen a Macri y alguno que otro más. Y en cierta forma, no tienen más recursos que buscar alianzas en el extranjero, para que les ayuden a golpear las puertas de cuarteles que ya no existen.

Este ignoto profesor de provincias está recorriendo tierras mágicas. El sur dominado por los glaciares y la potencia de sus contornos contagia ideas sublimes. Mientras el viento no logra sacudir una melena inexistente, pensaba en qué nueva media puede ser comparable a la recuperación de la soberanía energética. En el hilo de esta pequeña historia de un poco más de ocho años, hay medidas impensables desde el pozo profundo en el que había caído nuestra comunidad en 2001. A la distancia, estábamos sometidos por un sentido común que casi nos convertía en esclavos del fracaso. Y hoy, en cambio, el triunfo nos convoca a seguir avanzando. Nos invita a seguir recuperando todo lo que no deberíamos haber perdido. Y ahora es tan fácil reconocer a los que nos quieren ver nuevamente en la ruina. No hace falta señalarlos con demasiado énfasis. Se delatan solos por su propia torpeza, producto de la desesperación más extrema. Personajes que juegan a ser expertos, aunque en realidad son voceros obedientes de una de las partes. Ese es un lugar común interesante que se ha desterrado: la objetividad, la imparcialidad de los que aparecen en los medios cuestionando las medidas oficiales. No lo hacen porque tienen la posibilidad de observar los hechos desde una privilegiada imparcialidad, algo que no existe, sino porque están sumamente comprometidos con una gruesa billetera, porque asesoran a los que defienden o los defienden para convertirse en asesores. Quedan expuestos porque no tienen ideas transformadoras, sino porque quieren el retorno del país chiquito y asustadizo.

En estos días se cumplieron dos meses de la tragedia de Once. Las pericias judiciales y las futuras indagatorias lograrán esclarecer los motivos del horror: falla humana, falla mecánica. Irresponsabilidad empresaria o torpeza individual. También, y ahora, con la nueva mirada de estos tiempos, ausencia del Estado. Mientras en los noventa todo lo que ocurría de malo se presentaba como originado por la presencia del Estado, hoy la mirada es diferente: es su ausencia lo que parece cuestionarse; es su presencia lo que promete futuro. En los tiempos actuales, la reformulación del rol del Estado y su creciente eficiencia conduce a una sociedad antes desamparada a reclamar su presencia en todas las actividades de la sociedad. Porque el Estado –este Estado- es un motor, un impulso, una garantía. Y así debe ser, porque en el Estado está el proyecto de país compartido por gran parte de la sociedad. Y si de recuperaciones estamos hablando, qué mejor que el tren.

Del despojo noventista, junto con YPF, el tren es un símbolo doloroso. La rentabilidad inspira ideas destructivas. Ramal que para ramal que cierra, decía el infame senador cuando era presidente. Y ante la duda, cerró todos. Privatizó aquellos que podían garantizar ganancias para unos pocos pero incomodidades para muchos. Ese esquema, que dejó un tendal de pueblos fantasma y desintegró una comunidad, está agonizando. La recuperación del tren, el diseño de un verdadero sistema ferroviario que logre integrar este territorio inmenso, que logre desterrar definitivamente la idea del lucro por sobre el servicio, será otra medida poderosa. Y sólo el Estado puede hacerlo. Recuperar un símbolo y transformar una realidad. Aunque muchos no lo quieran reconocer, es lo que ha hecho el modelo K desde que se presentó ante una sociedad desamparada ante tanto fracaso. Y es lo que seguirá haciendo, más allá de toda maliciosa duda. En eso estamos, recuperando lo que nunca deberíamos haber perdido. Y en eso estaremos de ahora en más, porque sabemos que se puede y es necesario. Absolutamente necesario.

Cuna de la Noticia

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