La moral ha muerto, la política no

Un título afirmativo que es demasiado extraño precede este artículo, que fue pensado, ensayado, masticado desde una visión propia pero no por eso independiente, no por eso desconectada de un proceso histórico-politico-cultural que atraviesa el momento en que está siendo escrito, sino coherentemente encasillado en un paradigma de pensamiento y desarrollo ideológico claro, porque este texto es solo un fósforo que aún no ha sido encendido y que comparte junto a 21 fósforos iguales al mío la misma caja, en el sentido que los 22 palitos de madera están dentro de un contexto que los contiene y los intenta presentar como una masa homogénea. Lo único que los va a diferenciar es la manera de prender ese fósforo, ya sea raspándolo contra la base inferior de la caja, con un encededor o mediante cualquier otro mecanismo.

Pero hoy no vamos a hablar de fósforos, sino de política y moral, que son dos conceptos sumamente constitutivos de la mayoría de las sociedades que, a lo largo de la historia, han sido ordenadas bajo una jerarquía estipulada y moldeada a gusto y placer de las clases dominantes (emperadores, reyes, señores feudales, grandes terratenientes, zares, militares, oligarquía-plutocracia, etc, etc,). Ahora bien, esas sociedades divididas en clases con intereses dispares tenían características autoritarias, violentas, censoras, represivas, excluyentes y, para ir al punto neurálgico de este texto, apolíticas y profundamente morales. ¿Cómo puede ser que estos gobiernos de las minorías privilegiadas que mencionamos antes, defensores de su propia causa económica, paladines de la preservación de su status social, hayan constituido un universo de ideas moralizantes a través de la dominación cultural que ejercieron sobre los «barbaros», aquellos harapientos que no merecían el mote de ciudadanos, y que hasta el día de hoy sigue reproduciéndose mediante mecanismos de preservación de ese discurso rector del poder fáctico, el poder que opera desde las sombras?.

La asfixia de lo político: la moral

Definir a la moral como la «asfixia de lo político» es otorgarle un sentido opresor sobre la acción política, es decir, sobre la capacidad de transformación concreta que tenemos los seres humanos en cualquier hecho o suceso que irrumpe en nuestra vida cotidiana. Cuando a «lo político» se le suma la ideología, se produce un sistema de ideas que nos permite elaborar soluciones, planteos, visiones, preguntas y críticas sobre aquél problema que surge y pone en crisis nuestra torre de Babel donde descansa la «realidad». Pero, ¿estaremos listos para afrontar nuevas preguntas que quizás rompan nuestro aislamiento, nos bajen de la nube de algodón en la que dormíamos placidamente y nos muestre como culpables en un mundo que creíamos inmutable y donde nos sentiamos seguros de ser nosotros mismos?.

La moral es el elemento ideológico más antiguo, sutil y efectivo utilizado por las clases altas (anteriormente mencionadas) que neutralizó toda posibilidad de movilización crítica-colectiva en pos de beneficios de la mayoría (es decir, la instrumentación política), y en definitiva sirvió para poner orden en un mundo caótico que había heredado sin quererlo. El hecho de tener que intervenir en una sociedad y cumplir un rol decisivo en la constitución de la humanidad, las clases dominantes optaron por la organización (división) de su contexto en opresores y oprimidos. Aquella diferenciación-dominación que impartían los «verdaderos ciudadanos» no podía ser sostenidamente naturalizada durante tantos siglos si la moral no se hacía mito, y aquí va a jugar un papel determinante la Iglesia católica.

A través del encasillamiento de nuestras prácticas diarias en definiciones absurdas como lo «bueno y malo», «permitido y prohibido», «blanco o negro», fue estableciendose la base dogmática de una religión que ha basado su concepción de los acontecimientos en lo que puede y lo que no debe hacerse, encontrando en la figura de Dios la clave última de felicidad, como así también una imagen paternal que obra a diestra y siniestra: vigilando, castigando o perdonando. De la misma forma, Jesús ha dejado de ser un sujeto histórico que contenía una fuerza contestataria y confrontativa con el poder fáctico, con las clases dominantes, y fue mitificado por las jerarquías de la Iglesia-Vaticana a través de la crucifixión, cuando el hombre en la cruz dejó allí toda su humanidad rendida sobre sus pies para convertirse en un símbolo de genuflexión, sometimiento, culpabilidad y nos ha dejado como herencia una pesada imposición cultural que venimos cargando hace más de 2000 años: la cruz de la moralidad como base de comprensión de los procesos históricos de los que formamos parte.

La transformación crítica e imperfecta de la realidad: la política

Por otro lado, los seres humanos contamos con la práctica política crítica e imperfecta (colectiva) como antagónica a la interpretación moral (individual) de los acontecimientos en los que participamos, siendo envueltos por el vertiginoso ritmo del entorno social en el que nos desenvolvemos como sujetos activos. Las distintas formas, ideas, concepciones, discursos y relatos con las cuales interpretamos y analizamos ese mundo que se nos presenta forman parte de nuestra toma de posición frente a los procesos históricos que irrumpen por voluntad política de un grupo dirigente.

Sin embargo, la moral (como mecanismo ideológico de las clases dominantes que levantan la bandera de la antipolítica) no es más que un medio de conservación de las ideas autoritarias y excluyentes que les permiten neutralizar los intereses de las mayorías, es decir, de todos aquellos que intervienen políticamente en la defensa de sus derechos por medio de la organización política como herramienta transformadora de estructuras de poder que producen (y reproducen) la división de las clases sociales en altas, medias y bajas, medidas por la capacidad de nivel adquisitivo que cada una posee.

De esta manera, la organización y movilización política son los pilares de un desarrollo democrático de todas las esferas del Estado, siendo este el garante, motor y representante de las voluntades mayoritarias de un país, revirtiendo de esta manera la concepción moralista que utilizan las clases dominantes y los poderes fácticos para detentar el poder económico-político. Aquí no hay que confundirse: estas usinas concentradas también pugnan por el control de la economía y de la política, enfrentándose a los intereses mayoritarios (representado por el Estado por medio de un gobierno elegido democraticamente), pero lo hacen a través del mecanismo de la moralidad, creando sentido en los multimedios de comunicación (como aparato de preservación) que poseen, formadores de opinión y gárgolas del status quo social en donde se busca achicar la participación del Estado en pos de la libertad de empresa regulada bajo la tutela del mercado, produciéndose así un marco especulativo en donde salen beneficiados estos grupos concentrados que operan desde las sombras, quedando el pueblo (la mayoría) al amparo de la «buena del Dios Valor».

Será entonces cuestión de gritar a los cuatro vientos la proclama nietzscheana liberadora de todo dogmatismo conservador e individualista, con una sonrisa en la cara y el puño bien apretado, soltando las cadenas que nos atan en la complicidad de una estructura monopólica sustentada por grupos de facto, hasta que nuestros pulmones estallen de aire contenido y dejemos salir, desde lo más hondo de nuestra existencia, una consigna que se vuelve voluntad colectiva:»la moral ha muerto». Después de todo, también se trataba de como encender un fósforo.

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Nicolás Ferrera

Periodista