Las señales de un miércoles

Mucho ruido y poca gente. Los alucinados cálculos de los organizadores hablan de una concurrencia cercana a las cien mil personas. Otros revolean cifras más chiquitas.  Si la cuestión pasa por los números, el camionero está fuera de cualquier juego. Si el último miércoles debe pensarse desde su contenido, no hay bandera que lo contenga. Si algunas columnas se alejaron de Plaza de Mayo al poco tiempo de comenzado el discurso del líder sindical o si había caceroleros y peones rurales sacados de su cautiverio no aporta demasiado al sentido de esa jornada de miércoles. O sí, pero no tanto. Que muchos hayan votado a Cristina en octubre o paguen impuesto a las ganancias es un dilema difícil de resolver. Lo único seguro es que Moyano ya se ha alejado. El rumbo que tomarán sus pasos es incierto. Pero no hay dudas: se equivocó fiero. Los bichos que se pegaron a su parabrisas conforman un horrible decorado que le impiden visualizar con claridad el atajo que ha tomado. A partir de este momento, su participación en la política será testimonial. Podrá ser diputado de alguna agrupación que le dé cabida. O jugar a candidato presidencial. Cualquier camino que elija de aquí en más no será más que anecdótico. Si quería demostrar su fortaleza ante Cristina, salió debilitado; si quería aparecer ante la sociedad como la verdadera alternativa nacional y popular, lo disimuló bastante; si quería exhibirse como representante de todos los trabajadores, se equivocó en la jugada.

Pero más se equivocó en lo que dijo. Y si con la lectura de un recibo de sueldo pretendió contundencia, sólo aportó confusión, entre otras cosas. El camionero aludido debe percibir un salario de entre 20000 y 40000 pesos, cifra inalcanzable para muchos de los asistentes. Porque de eso se trató todo. El paro general de los camioneros organizado por el todavía líder de la CGT se preocupó por el impuesto que paga una porción mínima de los trabajadores. La Presidenta explicó el martes que apenas el 19 por ciento de los asalariados supera el mínimo no imponible. No es un número para mostrar con orgullo pues indica que el ochenta por ciento de los sueldos se encuentra por debajo de los 6000 pesos. Esa cifra no puede considerarse un ingreso alto y menos aún ante sueldos que quintuplican ese monto y aparecen exentos del tributo. Si las críticas del camionero no tienen sustento, la defensa del oficialismo también deja mucho que desear.

Pero los dichos de Moyano no pasaron sólo por el mínimo no imponible o las asignaciones familiares sino por tomar como blanco la figura de CFK y su equipo. Hasta su hijo Pablo salió a denunciar ante los medios que había infiltrados de La Cámpora, los nuevos demonios del establishment. El Gobierno “hace todo por imposición –vociferó desde el palco- se avecinan problemas y todos estamos dispuestos a colaborar, pero molesta esa forma de imponer las cosas; de hacer todo por imposición como si fuera una dictadura”. Desde hace un tiempo, la comparación con la dictadura es una tentación inevitable de los que no tienen argumentos. Los opositores al primer Perón, también recurrían a esa estrategia. Durante la campaña electoral del año pasado, esa analogía salía expulsada de la boca de muchos candidatos opositores y periodistas de los medios con hegemonía en decadencia. También el recurso de calificar al gobierno como autoritario, idea que prende fácilmente en los que no tienen idea.

Moyano usó la palabra imposición con un sentido errático. En realidad, todo lo que se ha hecho hasta ahora, responde a la confirmación de un proyecto de país avalado por el voto popular hace apenas unos meses. Y los mecanismos utilizados no se escapan de lo establecido por las instituciones. Si el Gobierno Nacional impusiera sus decisiones, ya se habrían resuelto muchos conflictos, como la desarticulación del principal monopolio mediático, por ejemplo. Lo que pasa es que muchos sectores están acostumbrados a actuar a su antojo y la mínima sugerencia es tomada como una imposición. Lo mismo ocurre con el verso de la necesidad de diálogo, que para los poderes fácticos no es otra cosa que el dictado de órdenes. Los que imponen son los poderosos, que han gobernado siempre el país en función de sus intereses.

Y respecto a la imposición, Moyano tildó a La Presidenta de ‘soberbia’, adjetivo muy utilizado para descalificarla. Para muchos, la soberbia presidencial está relacionada con algunos de los dichos de Cristina, cuando afirma que no se dejará extorsionar o que la guían sus convicciones. Confunden soberbia con firmeza. Tal vez moleste que una mujer sea la que lleve las riendas del país o que no se deje doblegar por la presión de las corporaciones. Ese adjetivo encierra muchos otros calificativos que no se atreven a pronunciar. Una manera elegante de mimetizar el machismo que surge ante la falta de argumentos o una forma desideologizada de cuestionar la ideología que exhalan los poros de La Mandataria.

Lo que quedó en claro con la jugada del miércoles es que cualquier oposición se desarticula ante la firmeza del oficialismo. Y no porque la firmeza sea demasiado firme, sino porque quienes se oponen a lo mucho que se está haciendo son portadores de intereses inconfesables. El crecimiento de la economía doméstica ante un primer mundo que se desmorona no es por el viento de cola, como argumentan los des-argumentados, sino por el fortalecimiento del mercado interno y un impulso a la producción. La ecuación es simple, por si no queda claro. La redistribución del ingreso -tibia pero efectiva- de la mano de la creación de puestos de trabajo e incrementos salariales colgados de la inflación, producen ese círculo virtuoso del que tanto habla CFK y que se ignora en el Hemisferio Norte.

Aunque la demostración de fuerza del camionero se transformó en su debilidad, dejó una señal que el Gobierno Nacional debe tener en cuenta para avanzar con mayor rapidez. Lo que quedó manifestado en el acto opositor de Plaza de Mayo es la puja por la distribución del ingreso. Todos los que han expresado sus quejas en los últimos tiempos ostentan ingresos elevados. Los estancieros, caceroleros, fuckiuteros, dolaradictos salen a la calle para defender el privilegio de preservar sus ingresos privilegiados. La disminución de la desigualdad señalada por el índice de Gini es una clara muestra de que la redistribución está tomando un buen rumbo. Con lentitud, pero el camino es ése. Y no hay que abandonarlo, sino profundizarlo. La redistribución del ingreso y la lucha contra la desigualdad es el objetivo de este proyecto de país en construcción. El Gobierno Nacional, administrador indiscutible del Estado, es quien debe garantizarlo y en cierta forma concretarlo.

Pero la consolidación de este camino necesita tocar intereses. La pobreza y la inequidad no son epidemias o enfermedades que se desalojan con un antibiótico sino el resultado de una acción predatoria que todavía no se ha desterrado. El decil más rico es causa necesaria del decil más pobre. Para que los pobres sean menos pobres los ricos deben ser menos ricos. Acá y en cualquier parte del mundo. La redistribución debe ser un objetivo del conjunto de la sociedad y no sólo del Gobierno. Su realización está en manos de los que más tienen. Y esto no apunta sólo a los trabajadores con altos salarios que pagan el impuesto a las ganancias ni a los que están exentos. Los que deben resignarse a ganar menos son los portadores de las grandes fortunas, que ostentan cifras impronunciables, que se multiplican como producto de la especulación y la evasión. Gran parte de la inflación es el resultado de la especulación y también se encuadra en la puja distributiva. La única manera de consolidar este sendero es profundizando los cambios y para eso hay que meter el dedo donde más molesta. Cuando la persuasión no alcanza, no queda otro camino que la imposición, aunque los camioneros –y los que sean- se enojen.

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Gustavo Rosa

Periodista, Licenciado en Letras. Docente de enseñanza media y terciaria. Autor del blog: http://www.apuntesdiscontinuos.blogspot.com/