El inexorable camino hacia la hiperinflación

Aunque pueda parecer innecesariamente alarmista, no es fácil encontrar argumentos convincentes que permitan vislumbrar un “aterrizaje suave” al gravísimo problema de la acumulación de deuda del BCRA.

El stock actual de instrumentos de regulación monetaria excede el equivalente en pesos a USD 44.500 millones, al precio del Mercado Único y Libre de Cambios. La mitad de ese valor fue suficiente, durante el gobierno de Mauricio Macri, para desatar una corrida cambiaria que elevó la cotización del dólar en una magnitud impensada poco tiempo antes.

El corsé del férreo control de cambios que impone el “cepo” está estirando el fatal e inexorable desenlace, aunque a costa de incrementar las distorsiones y lastimar gravosamente, tanto al tejido productivo como al poder adquisitivo de los sectores más indefensos, que son aquellos de ingresos fijos: asalariados, jubilados y beneficiarios de planes sociales.

Las trampas que a nadie engañan

El acuerdo con el FMI le impone al Banco Central un límite a la asistencia monetaria al Tesoro Nacional. La ausencia de ajuste a la baja en el gasto público nominal se reemplaza, entonces, de manera disimulada y culposa, con dos elementos igualmente peligrosos: 1) la toma de deuda, en su mayoría indexada, en cabeza del Tesoro, a fin de suplir la que debe dejar de emitir el Central; y 2) el proceso permanente de licuación del gasto público en salarios y jubilaciones, vía el incansable “trabajo” que obligan a realizar al proceso inflacionario con el que castigan al “pato de la boda” de turno.

Al déficit fiscal actual, irresponsablemente “autorizado” por el FMI, se suman los intereses de las Notaliq Pases del BCRA y de los Bonos y Letras del Tesoro. Aunque no se incremente el desequilibrio primario, el gasto en intereses, necesariamente será creciente.

Debería recordarse, una vez más, la célebre frase de Albert Einstein: “La fuerza más poderosa del Universo es el Interés Compuesto”.

El Gobierno defiende con ahínco una supuesta benignidad del endeudamiento en pesos en contraposición con aquel en moneda extranjera, que fuera el preferido por el gobierno anterior.

El razonamiento implícito es que la deuda en moneda nacional se puede “licuar” en el equivalente en dólares, mientras que la que está denominada en moneda extranjera no es pasible de esta “solución”.

La sumatoria de los déficit fiscal y cuasifiscal que se presumen indefectiblemente crecientes, según la marcha de los números de las finanzas públicas y monetarios, hará que el stock “a licuar”, una vez que los inversores tomen conciencia de la inexorabilidad de la confiscación silenciosa a la que están a punto de ser sometidos, sea cada vez mayor.

El evento hiperinflacionario asoma, entonces, como única alternativa posible a la reducción ordenada de los gastos superfluos e innecesarios que se apilan en los presupuestos de todas las jurisdicciones año tras año.

Una vez que los inversores tomen conciencia de la inexorabilidad de la confiscación silenciosa a la que están a punto de ser sometidos, sea cada vez mayor.

Como el gasto total supera ampliamente a los recursos que se pueden extraer al sector productivo, sin que este quiebre, por imposibilidad de generar los recursos para solventar sus costos fijos, la lógica indica que continuará incólume la sumatoria de emisión de moneda más deuda, para financiar los desequilibrios que “no se quiere o no se puede reducir”.

La misma lógica, también indica que el stock acumulado, en algún momento será considerado “suficiente” como para que algunos precavidos comiencen a retirar su dinero de los bancos, obligando al rescate de pasivos monetarios con que están “calzados”.

Si continuara la falta de reacción del Gobierno, en cuanto a negarse a adoptar una regla fiscal más restrictiva, es muy probable que el drenaje sea creciente y que, en algún punto, se transforme en masivo, una vez que la prensa alarme con las noticias sobre lo que estaría ocurriendo.

El incremento de la participación de la deuda indexada en el total agrega una grave complicación: su licuación sólo es posible con una constante aceleración de la inflación.

A medida que continúe, en los próximos meses, este proceso de reemplazo de deuda a tasa fija por indexada, que es la única que aceptan los inversores, debería incrementarse paulatinamente la cautela y el temor de los que financian esta deuda.

La puerta 12

Si todos los ahorristas e inversores desean salir juntos, el resultado es obvio. El rápido desarme de los depósitos tendría como destino, conociendo al depositante argentino, la compra de dólares en el mercado paralelo. El incremento de la brecha, necesariamente debería desatar una inflación creciente, que permita, simultáneamente, licuar el stock de pasivos restantes y financiar la salida de fondos del circuito legal. El resultado de ese proceso será hiperinflación descontrolada o fogonazo inflacionario.

El maestro Juan Carlos de Pablo, acuñó el término “fogonazo” para describir un evento rápido y fulminante, que dure pocos meses, y que permita licuar el excedente real de flujos o stocks que no es posible continuar financiando. En un contexto controlado, con alguna acción del actual o del próximo gobierno, en cuanto a racionalizar el gasto público y/o introducir reformas estructurales prometedoras, el proceso podría, entonces, ser menos cruento y de duración limitada.

Una vez licuado el exceso de dinero, podría venir una pronta, aunque gradual estabilización, a la espera de las mejoras que deberían producir las medidas ya anunciadas y su profundización, que quizás podría esperarse, como consecuencia del susto mayor que los gravísimos eventos que se describen, estarían generando en los gobernantes.

Si se vislumbra una negativa gubernamental a afrontar los costos políticos para torcer la situación, la hiperinflación es el único camino que le queda a la economía para licuar los excesos y provocar los cambios que eviten el descalabro total
Si, en cambio, se vislumbra una negativa gubernamental a afrontar los costos políticos para torcer la situación, la hiperinflación es el único camino que le queda a la economía para licuar los excesos y provocar los cambios que eviten el descalabro total de la situación.

¿Ahora, o en el próximo gobierno?

Al igual que lo ocurrido en 2014 y 2015, y a pesar de las gravísimas distorsiones fiscales, monetarias y sociales que enfrenta hoy la Argentina, no debería descartarse totalmente la posibilidad de que la bomba no le explote al gobierno de los Fernández, debido a las favorables expectativas de un próximo cambio de gobierno.

Si se vislumbran políticas futuras, que los mercados consideren razonables, puede producirse una tensa espera que prolongue el desenlace, pero que no lo evite, como se dirá más adelante.

En cambio, si se preanuncia un gobierno débil, con pocas expectativas de cambios y que se proponga sólo un “remiendo” del modelo actual, se produciría inevitablemente, un colapso de la demanda de dinero, que es la condición necesaria y suficiente para un descontrol hiperinflacionario absoluto.

Un futuro próximo gobierno reformista se enfrentará con la cruel disyuntiva de pagar el costo político de desandar rápidamente la irresponsabilidad fiscal de los últimos años, o hacerse “el distraído”, permitiendo un rápido y controlado fogonazo inflacionario que haga el trabajo sucio, para luego, sobre los escombros, construir una macro más equilibrada.

Conociendo a los políticos argentinos, es sumamente improbable que sea ganadora una apuesta por la responsabilidad y la abnegación en el cargo.

Es mucho más razonable pensar que, una vez más, el jugar al distraído, será la alternativa elegida, aunque, desde luego, si se optara por el camino más difícil, se festejará desde esta columna y se agradecerá la aparición de un gobierno de estadistas, nobleza obliga.

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Jorge Bertolino

Economista