Las temporalidades históricas y el 17 de octubre de 1945

Según el recordado historiador francés Fernand Braudel, miembro de la Escuela Historiográfica de los Annales, el tiempo histórico puede ser dividido en tres niveles. El primero y el más importante, refiere a lo estructural,  a lo geográfico-económico, aquello que cambia lentamente; cambio que puede insumir uno o varios siglos. Las acciones humanas se verían obstaculizadas en su devenir por estas estructuras invariables.

El segundo nivel, lo coyuntural, estaría dado principalmente por los movimientos cíclicos de la economía en una extensión que va de los diez a los cincuenta años; y en menor medida por los ciclos de una sociedad o una cultura determinada.

El último de los niveles, el acontecimental, en palabras de Braudel ,“la espuma de las olas que choca contra las estructuras”, refiere a la política y a los hombres que la llevan a cabo; el hecho visible, aquello fácilmente detectable por el ojo humano.

El 17 de octubre de 1945 es un acontecimiento singular de nuestra historia. Representa el advenimiento de las mayorías a una era de derechos sociales insoslayables. No obstante, si observamos este acontecimiento en perspectiva, veremos que implica la cristalización de procesos subyacentes que venían desencadenándose desde la propia época colonial. Por ende, sería interesante aplicar el modelo analítico de Braudel para emprender la búsqueda de las causas históricas que dieron vida a sucesos de tal magnitud;  hechos que sin lugar a dudas conmovieron los cimientos sobre los que se erigía la sociedad argentina de los años cuarenta.

En efecto, desde la etapa preindependiente, en estas tierras se implantó un sistema socioeconómico basado en la gran propiedad terrateniente como unidad de producción, en el que quedaban excluidos los sectores subalternos. Ello estaba relacionado con las condiciones geográficas del espacio sudamericano caracterizado por grandes extensiones terrestres que facilitaban ese tipo de ordenamiento estructural. Naturalmente, esto iba en consonancia con las exportaciones agrícolas-ganaderas, puntal de la vida material de aquél entonces. Este modelo, salvando variaciones estilísticas, continuó imperando a lo largo del siglo XIX y durante los primeros decenios del XX, hasta el punto de quiebre que significó la crisis del treinta, cuando se tornó ineludible la intervención estatal en la esfera económica.

Así es, durante la denominada “década infame”, la naciente industria manufacturera local se vio impulsada por las condiciones que imponía el nuevo orden mundial. Era preciso sustituir lo que hasta ese momento se importaba por la producción autóctona, que aunque incipiente se perfilaba como la única manera de revertir la balanza comercial desfavorable y de dar cauce a los requerimientos de un mercado interno cada vez más demandante de bienes durables.

Este nuevo ciclo económico, iniciado luego de la caída de la Bolsa de Wall Street en 1929, traería aparejado un importante reordenamiento de la sociedad. La mano de obra indispensable para activar el proceso de sustitución de importaciones provendría del interior profundo del país, aquél en el cual todavía pervivían modos de vida tradicionales, alejados del progreso occidental, de modales refinados, de las grandes ciudades. El movimiento obrero ya no estaría compuesto en su mayoría por inmigrantes anarquistas como al comienzo del siglo XX, sino por rostros curtidos con reminiscencias de bravíos malones. La huelga general, no constituiría más el fin último, sino predominarían las posturas negociadoras por sobre las radicalizadas. Ese movimiento obrero, sería el apoyo esencial de ese Coronel desconocido y temerario que, inexplicablemente para algunos, buscaba congraciarse con las masas trabajadoras.

El 17 de octubre de 1945, momento en que la historia abriría sus entrañas para parir a la Argentina contemporánea, a la Argentina moderna, en conclusión, es una fecha que comprende las distintas temporalidades de la historia, las distintas duraciones. No fueron hechos que se gestaron de la noche a la mañana, en un abrir y cerrar de ojos, sino traían consigo bastante maduración. Eran siglos que se hacían presentes en aquella Plaza de Mayo clamando modificaciones estructurales. Eran a su vez, el claro ejemplo de que la nación agraria con sabor a aldea había crecido para moldear con sus manos el hierro de la nación industrial. Eran la síntesis dialéctica del pasado.

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Antonio Abbatemarco

Director de Cuna de la Noticia