River se trajo un valioso empate desde México

Igualó 0 a 0 como visitante ante Tigres, en la ida de la final de la Libertadores; Mora y Viudez salieron lesionados; y Mercado fue amonestado y se pierde la revancha del miércoles próximo.

Fue una final. River aguantó con el corazón de Maidana y el alma de Barovero. Poco pudo hacer en la ofensiva, pero tuvo una mirada panorámica: se fijó en estos 90 minutos y en los que vendrán el miércoles próximo, en el Monumental de la emoción y las hazañas. El 0-0 fue un pequeño triunfo por lo complejo del rival, Tigres, y por el agobio de un calor que le cortó la respiración más que los ataques mexicanos. A su modo, en la confianza y en el estímulo, River ganó. La Copa Libertadores está al alcance, apenas a un gol, y de la fuerza millonaria dependerá. Después de todo, Gallardo y sus muchachos ya probaron de qué están hechos.

Habrá que ser claros desde la primera línea. River no especuló ni desde la teoría buscó refugiarse, sino Gallardo hubiera puesto otro nombre en vez de Viudez por la parte izquierda del medio campo. Si los millonarios retrocedieron demasiado fue por la impetuosa posición de Tigres, que, reforzado respecto del partido de los grupos, entendió que lo mejor era buscar una buena diferencia de entrada. Entonces, así se repartieron las fichas en un campo abrasador y sin aire.

Ahí estuvo una de las claves: River sufrió más el calor que el desarrollo en sí mismo. Por eso fue inteligente para dosificar el esfuerzo. Una de las historias más interesantes las escribió Jürgen Damm, un mexicano de padres alemanes, refuerzo estrella del conjunto de Monterrey, indescifrable por el costado izquierdo. El argentino Damián Álvarez, ex River, también marcó diferencias por la derecha. A ellos se les sumó el uruguayo Arévalo Ríos, que no tuvo un lugar fijo.

River resistió y no la pasó bien en algunos momentos de la primera etapa. Fueron dos jugadas puntuales. En la primera, el centro de Damm rebotó en un defensor y pegó en el travesaño. En la segunda, Sobis cabeceó a las manos de Barovero, intuitivo y afortunado para quedarse con la pelota. Salvo por esas situaciones puntuales, el conjunto dirigido por Gallardo se mantuvo a la altura de lo que exigió un enfrentamiento jugado con nervios y pierna fuerte. En el duelo personal, Maidana pudo imponerse al francés Gignac, mañoso, casi latino en un juego de manotazos y fricción. Lo más incisivo de los visitantes fueron las jugadas de tiro libre. Hubo un centro de Viudez que bajó Mercado y que Funes Mori no logró impactar con firmeza. También quedó un intento de Sánchez para Alario, bien controlado por el arquero Guzmán.

Aún sin tanto brillo, River estaba haciendo un buen negocio a futuro, más si se tiene en cuenta que los goles como visitantes no tiene injerencia en la final. Resistía con fiereza, aunque fuera en su campo, y buscaba el contraataque cuando podía, que no era con demasiada frecuencia. Tuvo más precisión con Pity Martínez y Bertolo en el segundo tiempo, pero le faltó explosión en el terreno contrario.

River acrecentó la posición aguerrida con cada minuto que transcurrió. La poca peligrosidad que mostró Tigres le dio la razón. Los mexicanos apenas inquietaron con un tiro libre de Juninho controlado con algo de esfuerzo por Barovero. Hasta que cerca del final tuvieron la mejor situación: Damm se filtró por la izquierda, tras un error de Vangioni, y Barovero le tapó todos los ángulos hasta que el centro no encontró ningún compañero. Sólo tuvo que esperar el final para convencerse de que nunca un empate tuvo un gusto tan parecido a la victoria.

(Canchallena.com)